
En este episodio me meto de lleno con un clásico del laboratorio: el uso de CLED. Un medio que muchos aprendieron a usar desde el inicio de su formación y que, a pesar del avance de los medios cromogénicos, sigue muy presente en la rutina diaria.
Arranco por lo básico, porque nunca está de más volver al origen. CLED significa cistina–lactosa–electrolito deficiente y fue diseñado, allá por los años 60, para resolver un problema muy concreto: el famoso swarming de Proteus. Y sí, fue pensado desde el inicio para urocultivos.
Repaso su composición, su carácter diferencial gracias a la lactosa y al azul de bromotimol, y cómo interpretar los colores y las colonias. Pero también hablo de lo que a veces se omite: el CLED es un medio pobre. Y eso no es un defecto en sí mismo, pero sí una limitación que hay que conocer. Hay microorganismos exigentes que no van a crecer o lo van a hacer lentamente, y eso exige ojo entrenado y, muchas veces, complementar con agar sangre.
Luego entro en la inevitable comparación: uso de CLED versus medios cromogénicos. Analizo evidencia publicada que compara ambos en miles de muestras de orina. ¿La conclusión? Para detectar aislamientos significativos, CLED funciona bien. Donde empieza a perder terreno es en los cultivos mixtos y en la identificación presuntiva rápida. Ahí los cromogénicos sacan ventaja, gracias a sus colores y a la facilidad para reconocer polimicrobianos.
Ahora bien, no todo es técnica: también es costo. Y acá el CLED sigue ganando por goleada. Es barato, sencillo de preparar y, con un ojo entrenado, extremadamente confiable.
¿Está muerto el CLED? No. Sigue siendo un medio eficaz, económico y válido, siempre que se use con criterio y se entienda qué puede mostrar… y qué no. Porque en microbiología, el medio ayuda, pero la interpretación sigue siendo nuestra responsabilidad.